La Voz de La Verdad

Dios es Padre bueno, Él es un buen Padre.


21 de octubre del 2015. En nuestro aniversario de matrimonio número 15, salimos como cada mes al control de niño sano de nuestro bebé de tan solo 4 meses. Veníamos llegando de una gira por Neuquén, Argentina. Nos sentíamos en nuestro mejor momento ministerial, teníamos planes y proyectos que nos tenían plenamente enfocados junto a nuestro ministerio Puertas Eternas para los próximos 10 años.

Ese día planeábamos celebrar nuestro aniversario, arreglamos todo para dejar a nuestros hijos con alguien más y nos despedimos de ellos en la mañana diciendo “nosotros vamos y volvemos”, pero sin la conciencia de que cada día es un regalo y que el mañana no nos pertenece. Vivíamos totalmente mecanizados y familiarizados con nuestros hijos, amigos, ministerio, etc. Jamás paso por nuestra mente que ese “vamos y volvemos” no se cumpliría. En verdad, no regresaríamos a casa hasta 3 meses después.

Entramos a la consulta y el doctor desde su escritorio nos mira y pregunta “¿qué le pasa al bebé?”, a lo que respondimos, “nada”. Nos pidió dejarlo en la camilla y comentó que el bebé estaba muy pálido, pero respondimos que todos nuestros hijos son blancos. Después de auscultarlo, nos dio la orden de hacerle exámenes de urgencia, algunas cosas en Jafet no estaban bien.

Bajamos a urgencia para hacer los exámenes y en ese momento recuerdo una voz que había oído en mi espíritu durante la gira por Argentina: “cáncer a la sangre”. En ese entonces, sin prestar tanta atención, le comenté a mi esposo lo que había escuchado, pero me instó a que no pensara en esas cosas, y que mucho menos las hablara. Pero sentada en la sala de urgencia vino la voz de Dios y me habló nuevamente. “Yo te había preparado para esto”. Quedé paralizada. Le hablé a mi esposo: “¿recuerdas lo que te dije en Argentina? ¿recuerdas la voz que oí?”. Él, con cara pánico, me dijo que sí, que lo recordaba.

En ese momento yo sabía lo que estaba pasando, pero no a través del doctor, sino que en mi interior. Nos sentamos al lado de nuestro hijo y oramos recordando una palabra que habíamos oído hace algunos años: Padre, las 10 primeras palabras que hablaremos en este proceso van a direccionar cómo será el fin de éste. Estamos en tus manos y nos aferramos a la fe de lo que un día tú hablaste sobre Jafet, que su nombre es expansión, y que sería el regocijo de nuestras canas.

Terminando esta oración, vino el doctor y nos confirmó que el bebe estaba grave y había que derivarlo a un hospital especializado para su condición. Preguntamos cuál era el diagnóstico, pero no podía anunciar nada hasta tener el resultado de los exámenes.

Eran ya las 4:00 de la madrugada y llegamos al hospital que atendería a nuestro bebe. Lo entregamos en la camilla que lo llevó directamente a la UCI. Nos pidieron esperar un momento afuera y a la hora siguiente nos llamaron para entrar a ver a Jafet. Lo que vimos realmente fue desgarrador: el mismo bebé que hace unas horas tomaba pecho y dormía en mis brazos, ahora estaba conectado a muchas máquinas que funcionaban para salvar su vida. Aún en estado de shock la doctora nos dice que debíamos irnos a casa y volver al día siguiente, porque seguramente el equipo oncológico nos llamaría para dar el diagnostico.

Muy temprano al día siguiente llegamos a ver a Jafet y nos llamaron escuchar el diagnostico que aún no era totalmente exacto, pero que en su 90 % era una leucemia. Nos aseguraron que no había muchas posibilidades de vida para nuestro hijo, porque el tratamiento de quimioterapias era muy invasivo para un bebé de su corta edad, y podría no resistirlo.

En ese momento te sientes tan llena de fe y crees que todo lo que “sabes” de Dios seguramente va a aliviar el proceso y que “no pasará nada” de lo que los médicos digan, porque teníamos al Señor. Creíamos que Dios haría un milagro y lo sanaría, pero a lo largo de los días comenzamos a darnos cuenta que NADA de lo que sabíamos de Dios funcionaba. Peleamos, rompimos maldiciones e iniquidades, adoramos, dimos vuelta el hospital. Intercesores de todas partes del mundo se volvieron a orar por nosotros y por la vida de Jafet. Hicimos de TODO, pero nada funcionó: el bebe seguía cada día peor.

Sentada en frente de su camilla y viéndolo llorar las 24 horas del día, el Padre me habló y me dijo “no sigas luchando contra mí. Entrégate al proceso”. ¿¡Pero cómo seguir!? La gente que comenzó junto a nosotros ya no estaba, las fuerzas físicas tampoco por los días y noches sin dormir y viendo cómo el cuerpo de Jafet se deterioraba por las quimioterapias. Con esto comprendí que la idealización que tenía de cómo Dios sanaría a mi hijo no evitaría el largo proceso. Estaba equivocada.

Llevábamos un mes de tratamiento y Jafet se puso muy mal. La doctora me dijo que el bebé no tenía más de 12 horas de vida. Ella llamó a mi esposo que el día anterior había viajado a ciudad de México a un altar de adoración, y le dijo “Papito el bebé está mal, trate de volver a Chile porque está muriendo”. Y a mí me dijo… “vaya a darle un beso y despídase porque ahora lo entubaremos y no sabemos si va a despertar”.

Así que lo tomé en brazos y dije: “Dios, tú me lo diste y no acepto este diagnóstico de muerte, te convi