La Voz de La Verdad

TESTIMONIO: DE LAS TINIEBLAS A SU LUZ ADMIRABLE

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Por Nadia Fernández

Yo estaba para morir, pero no era ese mi destino sino nacer. Con síntomas de pérdida a los 6 meses y medio, mi mamá me dio a luz porque Dios así lo dispuso y no morí porque él tenía otros planes para mí. Era tan pequeña y frágil que cabía en una caja de zapatos y un pañuelo de mi papá me quedaba bien de pañal. Según mi papá yo cabía en su mano, él siempre recuerda eso y estaban a la espera de que yo saliera en esa condición prematura. Gracias a Dios salí de eso, pero por un buen tiempo desarrollé otitis constantes y sufría con eso. Mi papá recorrió todo concepción buscando el ansiado remedio que haría que me sanara. Eso sucedió y comencé una niñez feliz y tranquila.

Desde que tengo uso de razón, he tenido conciencia de Dios, aunque yo no pudiera explicarlo con palabras, pero siempre ha sido y ha formado parte de mi vida y de mi existencia. Con una vida de ser parte de una congregación cristiana evangélica, mi familia y yo participamos durante años y hacíamos vida de iglesia. A los 4 años tuve la necesidad de abrir mi corazón a Jesús y desde ese momento mucho en mí cambió, una seguridad de que él siempre estaba conmigo y que Dios el padre me cuidaba fue mi hilo conductor y mi cable a tierra. Es curioso que siendo tan pequeña yo ya conocía a Dios de una manera simple y cotidiana, hablando con él como un amigo. Cada vez que yo necesitaba algo se lo comentaba y él me ayudaba o cuando se me perdía algo y le pedía que me ayudara a encontrarlo, así era.

Pasaron algunos años y mi hambre por conocer más a Dios se fue acrecentando y buscaba siempre llenarme de su presencia y que se hiciera cada vez más cercano. Me gustaba y me gusta hablar con él, pues en su palabra hay vida que transforma y hace nuevas todas las cosas, si dejamos que así sea.

Entre los 10 y 12 años recibí el bautismo del espíritu santo y mi casa se revolucionó, mi familia también lo vivió y eso hizo una gran obra dentro de nosotros. Afianzó nuestra relación con Dios y no teníamos idea lo que vendría más adelante. Yo oraba constantemente porque mi vida fuera inundada de él, de todo lo que Dios significa y a través de su palabra me iba empapando más y más. Pudiera pensarse que con todo lo que me estaba pasando podría ser yo una súper mujer, pero no fue así, no porque Dios no quisiera o no pudiera, sino porque hay cosas en el camino que se encargan de truncarte. Si no tienes alguien que te guíe o que te aconseje, un mentor por decirlo así, es difícil no tropezar, es fácil salirse y desviarse, si no tienes gente a tu alrededor que te apoye y te instruya, probablemente el propósito por el que fuiste creado se aborte.

Como le pasa a mucha gente, mi vida estaba en una dualidad, a medias con Dios y a medias con el sistema del mundo, mejor dicho con mi propio mundo. Ya siendo alguien adulto, pensé que podría en algún momento de mi vida, vivir sin depender de Dios, pensé que podría hacer mi vida como cualquier persona común y salir bien parada de aquello, pero no fue así. Muchas veces volvía al Señor y me arrepentía de mi vida y trataba de ser fiel y tener un buen comportamiento como se supone que un hijo de Dios debe tener, pero en las fuerzas y en el esfuerzo natural no se puede, debe ser con la intervención de Dios y eso se produce sólo cuándo realmente deseas cambiar y ser transformada de adentro hacia afuera.

Pasé por mucha soledad, decepción, abandono, sufrí por una desilusión amorosa que supe desde el principio que no funcionaría, porque yo sabía muy en el fondo que esa persona no me amaba como para formar una familia, sólo se amaba a sí mismo, por lo tanto daba lo mismo con quien estuviera, y también sabía que buscar por mi propia fuerza o por mi propia voluntad, sin dejar que Dios hiciera eso por mí, sino que uno se empecina en doblarle la mano a la vida y sales trasquilado, porque Dios no está de acuerdo con lo que decides. El asunto es que tuve que sufrir las consecuencias de desobedecer a algo que siempre tuve muy presente y era que tenía que esperar que Dios me diera a la persona correcta. Con dolor tuve que aprender que adelantarse a los tiempos que él ha marcado en mi vida tendrá consecuencias nefastas y sufriré por ello, por tanto decidí volverme a Dios con todo mi corazón y ser nuevamente obediente, porque a mí manera no resultó.

Lo más curioso para mí fue que al volver al Señor, él estaba esperándome con los brazos abiertos y me dijo: “ ¿a dónde vas a arrancar ahora, a dónde vas a ir?” lo oí dentro de mí, en mis pensamientos muy claro y le dije: no tengo a donde ir, sino es a ti. Ya no aguanto como me siento, he tocado fondo, reconozco que he desobedecido y he pecado deliberadamente queriendo hacer mi voluntad y ahora comprendo en medio del sufrimiento y depresión, que no puedo vivir sin ti, no puedo vivir sin depender de ti, no puedo y no resisto más pecar como lo he hecho. En ese mismo momento su amor me envolvió y me sobrecogió que me estuviera esperando como tantas veces yo había leído en su palabra en la historia del hijo pródigo, cuando era él quien Salía al camino a ver si su hijo perdido venía de regreso. Para mí fue ese día, en que comencé a vivir de nuevo y ahora con una vida transformada.

Hay muchas personas que tienen una creencia, que incluso creen en Dios, a su manera o de manera correcta, pero su vida no es concordante con aquello que piensan creer. Necesariamente el creer implica un cambio de vida y eso sólo se producirá con un arrepentimiento genuino de lo profundo del corazón, porque el vivir en desobediencia y no respetar la ley de Dios, nos hace ser rebeldes y vivir nublados, lejos de su amor y su cuidado. Su amor nos corrige y nos establece en el diseño correcto y en el propósito que él diseñó desde antes de que naciéramos. Es lo que he aprendido con los años y he descubierto, he entendido que sin él nada puedo hacer ni nada puedo ser, sino es en él.

Tener una religión “x” o “z” no te cambia, decir yo creo en tal o cual no te cambia, todo eso apunta a las obras, obras que no siempre podrás cumplir y eso pone un peso demasiado pesado para llevarlo sobre los hombros. Sólo Dios es capaz de quitar ese peso del pecado y de la culpa, porque mientras no se resuelva el pecado la culpa quedará. Sólo el verdadero arrepentimiento y cambiar nuestra manera de pensar, hará que el cambio se dé de manera consecuente. Una vida espiritual junto con lo natural, entonces será concordante y consecuente en lo que uno dice con lo que se es.

Las obras no te cambian, lo que a mí me ha transformado es en lo profundo de mi corazón, su vida en la mía, es lo que me ha cambiado, por tanto ya no deseo un ápice vivir como antes. Dios ha venido a inundarme con su gran amor y su perdón, él ha restituido los años de pérdida y me ha dado una nueva vida en la que soy feliz, soy plena, no tengo depresión, me devolvió el gozo, las ganas de vivir, disfruto cada día, disfruto las cosas más pequeñas y las grandes también. Veo su fidelidad en mí, ¡cómo me rescató de mi vana manera de vivir!. Sin merecerlo, su amor me rescató. Le confesé mis errores y me perdonó. Ha restaurado mi vida, y todo lo que soy es ahora por él. No necesito aparentar nada, no tengo culpa, vivo feliz porque su amor me fortalece. Hoy puedo decir que sí conozco a Dios, no como antes de oídas, sino ahora cara a cara, siendo tan real para mí que él está presente en todas mis acciones, en todas mis decisiones, en todos mis deseos, sueños y anhelos. Cómo no darle mi vida entera si él me transformó completamente. Quitó mis temores, ya no vivo en temor ni en inseguridad. Vivo confiada en él porque él prometió que jamás me dejaría.

El amor de Dios es mi sustento, por su amor no me siento sola ni sufro por lo que me falta, él ha venido a llenarlo todo, de principio a fin. De la cabeza a los pies…no hay hombre ni lazo de amor más fuerte que el amor de Dios en mí. Aún las pérdidas más dolorosas son sanadas, porque Dios es poderoso para hacer más abundantemente de lo que pensamos y aún entendemos.